02/06/2012

El escenario


Muchas horas después de acabada la función aún seguía sentado en el patio de butacas con la mirada absorta en el escenario vacío, como si alentara la absurda esperanza de que, en cualquier momento, las tablas volverían  a animarse de atribulados lances e ingeniosas réplicas. No me inquietaba la espera, no me incomodaba la postura. Solo aguardaba, paciente, sin atreverme a desviar la vista del decorado pintado al fondo o los escasos muebles que habían figurado el breve mundo del drama. 

Permanecí así horas, y luego días y meses sin que nada aconteciera. Poco a poco fui arrugándome y enflaqueciendo en mi butaca. Sobre el escenario se arremolinaban guedejas de hilo, y la escasa luz de la claraboya despertaba palpitantes senderos de polvo por doquier. Jugaba a seguir su baile, sin concederme otra tregua en mi vigilia. 

En el último momento, mi espera se vio recompensada. Creí apreciar un movimiento, luego oí el inconfundible crujido de la carcoma y al parpadear descubrí, sobre las tablas, una figura vagamente humana, cubierta de los pies a la cabeza por una suerte de vaporosa túnica que me trajo a la memoria el recuerdo de voluptuosidades pretéritas. 

Solo entonces cambié de postura, descrucé las piernas y me arrellané de nuevo en la butaca. Sonó un carraspeo, luego un tímido aplauso. Todo volvía a empezar. 








28/05/2012

Adán bosteza

Llueve en el jardín. Adán bosteza.
Un segundo más tarde, dos coches se abalanzan el uno sobre el otro.
Algo chapotea en el mar negro, y un escalofrío recorre el espinazo del vigía.
En lo alto refulge una estrella muerta.
Los rizos de un niño, y luego de otro, y luego de otro más, empiezan a emitir una luz verdosa.
Alguien comprende la trampa en la que vino a caer, y ríe -melancólicamente- para sus adentros.
La célula inicia su errabundo peregrinaje.
Con un chillido, la primera grieta se abre en las entrañas del claustro.
Sobre las hojas combadas, la lluvia repiquetea silenciosamente.
Adán bosteza.



25/05/2012

La navaja suiza


(Discurso para el acto de graduación de la promoción 2011-2012
del IES Cristo del Socorro de Luanco)  






Ante todo, debo confesar que, desde el día en que me propusieron decir unas palabras en este acto, llevo dándole vueltas y más vueltas al asunto en busca de qué manera podía enfocarlo de tal modo que todos (vosotros, queridos ex alumnos; vosotras, familias; vosotros, colegas de claustro, pero también yo mismo) saliéramos con bien del asunto. Porque sí, se me ocurrieron varias ideas, mejor dicho, muchas ideas, pero por una razón u otra todas me acababan dejando un molesto regusto de insatisfacción.

Por ejemplo, podría tirar del hilo de la coincidencia cronológica, a saber: que esta generación entró en el instituto el mismo curso que lo hice yo, y por tanto tuvimos que aprender juntos a movernos de un aulario a otro, a encontrar la biblioteca o a descubrir cómo demonios se abrían los baños. Además, se da la circunstancia de que ese curso fui (por única vez hasta la fecha; debí de hacerlo muy mal) tutor de un tercio de aquellos que el azar reunió en la muy cinemascópica aula de 1ºA, de modo que, si hoy me toca despedirlos, en septiembre de 2006 fui el encargado de recibirlos y dictarles su primer horario, y luego los acompañé durante todo aquel curso en que nombramos a Lara bibliotecaria de aula, le cambiamos el apellido a Paloma o Valle, nos reímos de los coloretes de Sonia, filmamos “El profesor asesino” o nos fuimos, para rematar, de lluviosa excursión a León (mi mujer todavía recuerda el estúpido orgullo con que le conté cómo mis tutorandas habían pescado más truchas que nadie en cierta yincana).

De entonces a hoy el azar, y cierta malicia por mi parte (lo confieso) a la hora de elegir grupos, explica que me las arreglara para daros clase un curso tras otro: en mis cuadernos de notas muchos de vosotros figuráis desde dos o tres hasta cuatro o incluso cinco cursos, pero me temo que entre Ángel, Sara F. C. y un servidor hemos establecido un récord difícilmente superable: seis años seguidos, que arrojan la friolera de más de mil clases juntos… (Deberíamos haber encargado diploma especial.) Para colmo, una parte nada desdeñable de vosotros se enroló consecutivamente en diversos proyectos que, ahora puedo decirlo, se diseñaron en parte a vuestra medida: los Encuentros con Escritores, el blog Miles de Libros, el periódico El Crisol, la radio escolar REC, la productora Crisol Films… Cuidado, también tenía pensado echaros en cara unas cuantas cosas: por ejemplo, que nunca me llevarais a alguno de vuestros muchos viajes de estudios. Pero luego recordé que en 2ºB hicimos el más largo y más divertido posible: un imaginario viaje a la república de Chiquidistán, presidida por don Ranitín y sus nenúfares, en forma de novela colectiva que aún puede leerse, por cierto, en el blog de la biblio.

Así que, en efecto, no me faltaban hilos de los que tirar; pero una y otra vez el problema residía en que, adoptara el que adoptase, siempre había alguno de vosotros a quien mi discurso excluiría involuntariamente: aquellos de los que no fui tutor, aquellos –pocos– a quienes nunca he dado una clase de morfología (parece imposible), los que tampoco se asomaron a las páginas o los micrófonos crisoleros….

Visto lo cual, por un momento pensé abandonar la perspectiva subjetiva y adoptar, a cambio, un tono digamos sociológico. Imaginé así un discurso sobre las bondades de la educación pública de la que, os guste o no, formáis parte y sois recientísimo fruto. Pero me temo que no corren buenos tiempos para entrar en tales lindes sin chapotear en el cenagoso mundo de la política. Y hoy (coincidiréis conmigo) no estamos aquí para eso.

Atribulado, pues, por tanta duda, llegué a sopesar la posibilidad de echarme atrás. Para colmo, el otro día me topé con esta cita en la novela que ando leyendo: "Un hombre siempre hace el ridículo lanzando discursos" (George Elliot, Middlemarch). Pero  entonces se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era ceñirme a mi papel de profe de lengua y, sencillamente, contaros un cuento. Un último cuento. Y es lo que voy a hacer. Se titula “La navaja suiza”. Es un cuento de estructura circular, o en anillo. Está en tercera persona y tiene narrador externo. Dice así.


La navaja suiza



         Había una vez un grupo de profesores que recibió en el salón de actos de su instituto a una generación de estudiantes. Corría el año 2006. Apenas hacía un lustro que habían caído las Torres Gemelas, España aún no había ganado el Mundial (ni soñarlo) y, de aquella, la palabra “crisis” todavía dormitaba entre las páginas de diccionarios y expedientes siquiátricos, soñando con ocupar algún día todos los titulares.

         Los profesores recibieron a los alumnos, los condujeron a las aulas y se pusieron manos a la obra. Dictaron apuntes, mandaron deberes, pusieron exámenes… y los estudiantes copiaron apuntes, hicieron deberes y completaron exámenes. Entremedias hubo tiempo para visitar media Europa, fundar un emporio comunicativo, hacer un buen número de kilómetros subiendo y bajando escaleras y alternando aularios, o rozar la congelación sanguínea en el cuartín. A unos les cambió la voz; otras se enamoraron de vampiros; poco a poco empezaron a odiar los chandals, y a calzarse Converse de todos los colores imaginables; acabaron despreciando el Messenger, burlándose del Tuenti y creando trending topics en Twitter. Vaya, se hicieron, como diría aquel, mayorinos.

         El último día, reunidos de nuevo en ese mismo salón de actos, uno de esos profesores (uno que canta en Youtube) debía pronunciar un discurso de despedida. Como andaba algo escaso de ideas, después de darle vueltas y más vueltas recurrió a un viejo truco suyo: abrir el diccionario. Y allí se encontró la siguiente definición del verbo “educar”:

Educar: dirigir, encaminar, doctrinar.

         Como a cualquier otro profesor en su sano juicio, tanto la primera como la última acepción (dirigir, doctrinar) le resultaron más bien inquietantes. Sin embargo, como este profesor es de lengua y literatura, y por tanto le gustan las metáforas, la segunda posibilidad llamó su atención: “educar: encaminar”. La metáfora de la vida como trayecto no destaca, precisamente, por su originalidad, y aunque suene muy "americana", suele dar juego (de hecho el profesor recordó haber leído propuestas similares de aquellos mismos alumnos que tenía enfrente durante un ejercicio típico de su repertorio: “La vida es una naranja”). Repasando algún argumento de autoridad, alguna perla o delicattesen que quedara bien, como una cita Borges en un examen de PAU, al principio se le vino a la cabeza –cómo no– la tristona y teocéntrica versión de Jorge Manrique (nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar….), pero poco después la memoria rescató, en cambio, otros versos –tan sencillos como inquietantes– que tal vez sean los más famosos de la poesía española:


         Caminante, son tus huellas
         el camino y nada más;
         caminante, no hay camino,
         se hace camino al andar.


         Y entonces el profesor comprendió que había encontrado el hilo que andaba buscando, y decidió que en su discurso de despedida se decantaría por argumentar que, en cierto sentido, aquellos seis años que unos y otros (alumnos y docentes) se habían afanado entre apuntes, deberes y exámenes, podían considerarse –de hacer caso a poetas y diccionarios– una considerable paradoja: ¿De modo, les diría, que habían estado seis cursos encaminándolos/encaminándose hacia un camino invisible, un camino que, como en un perverso cuento de hadas, sólo se dibuja cuando ponemos el primer pie en él? Pues sí: esa sería su última lección.

         Alguno de los presentes se removió, incómodo, en la butaca, dudando si aquello venía o no cuento, si no sonaba demasiado pesimista. El profesor, por su parte, dudó si convendría prolongar un poquito más la alegoría para hacerla más didáctica (explicándoles, por ejemplo, que cuanto habían estudiado, analizado o esquematizado venía a constituir una especie de complejísima navaja suiza, una de esas navajas multiusos, llena de accesorios y mecanismos varios, a la que tal vez podrían recurrir en cada recodo, cada tropiezo o cada bifurcación del dichoso camino), pero, al final, y secretamente convencido de haber dado la más melancólica clase de su vida –pero también la más esperanzada clase de su vida–, prefirió detenerse en ese punto, alzar la vista y susurrarles (eso sí, con un temblorcillo de emoción),   

         –Buen viaje. 





17/05/2012

El castillo


Las ruinas del castillo se alzaban en lo alto de una loma desamparada. Desde la distancia, su contorno resultaba indistinguible de cualquier otro peñasco de los muchos que abomban el horizonte en esas tierras. Pero, a medida que nos acercamos, algo en su trazado –una tozuda simetría que resultaría ocioso achacar al gusto juguetón de la naturaleza– nos convenció de hallarnos en el sitio correcto. Tras una breve parada, echamos a andar el último tramo con vigor renovado y mutuos aspavientos de felicidad, pero ya entonces aprecié en mi ánimo un curioso lunar. Como si sólo entonces recordara que toda plenitud trae consigo, a la postre, una desazón equiparable.

Esa desazón que, horas más tarde, mientras el sol temblequeaba al borde del horizonte y una cruda brisa sacudía los matojos, nos invadió en cuanto dimos la vuelta.

Atrás quedó el castillo.














29/04/2012

La animadora


Cada tarde, después de entrenar pases y números varios, la capitana del equipo de animadoras del instituto se refugiaba en los sótanos del gimnasio, donde llevaba varios meses cavando una madriguera. Solía manchar de polvo y barro su esplendente uniforme azul y rojo, pero siempre le daba tiempo a lavarlo antes del partido del sábado.






15/04/2012

Cálculo de estructuras


La existencia de Dios, de Miguel Barrero
(Ediciones Trea, 2012, 95 págs.)

[Aviso: esta reseña contiene spoilers]

La novela corta tal vez sea el género narrativo en que mejor se advierte el delicado cálculo de estructuras que puede ensayar un relato, en la medida en que brevedad se entienda aquí sinónimo de inteligibilidad. O dicho de otro modo, la unidad de lectura que presupone una nouvelle como La existencia de Dios, última entrega del escritor mierense Miguel Barrero, ofrece a su lector un privilegiado punto de vista sobre el escenario en cuyas tablas ejecuta todo relato su particular espectáculo: el escenario del tiempo, allí donde se gesta lance a lance, paso a paso, el milagro estético del sentido.  
Desde este perspectiva, poco importa que cada lectura particular se ejecute efectivamente de un tirón o no: lo que interesa subrayar es que la inminencia del fin, la inflexible certeza de consunción que aguarda (en este caso) a las noventa y poco páginas, impone al género una específica tensión estructural (a un tiempo afín y disímil de la del cuento corto o la novela extensa) que La existencia de Dios no sólo no ignora sino que, además, reutiliza en su favor, al proponer que el grueso del relato sea proferido por el narrador a lo largo de una única noche, una única velada (tal es, difunto incluido) en cuyo transcurso esa voz sonámbula va entretejiendo, a base de recuerdos, cartas o viejas fotografías, una demoledora pesquisa por los años centrales de su educación sentimental, haciendo recuento de los muchos pecios que deja tras de sí toda adolescencia cuando se examina -como así sucede- sin condescender en las inútiles interferencias de la nostalgia.
La relativa dispersión anecdótica y cronológica de la trama resultante, cuyos punteos recorren más de una década y trastean en escenarios diversos (Salamanca, Madrid, Gijón y un Mieres natal elevado al rango de antagonista) a fin de bosquejar la intermitente relación entre el narrador y su amigo de infancia, Pablo, que acaba de suicidarse, queda así salvaguardada no tanto por la evidente poética del recuerdo que rige la partitura, con sus síncopas y vaivenes, cuanto por el avance de nuevo inflexible de esa madrugada a cuyo término el narrador no tendrá más remedio que levantarse del escritorio y cumplir con los rigores escenográficos del duelo que, hasta ahora, ha entonado en silencioso monólogo.
De haberse detenido en este punto, La existencia de Dios se hubiera configurado, en suma, como una nouvelle de factura tan clásica como eficaz, en cuyas páginas, recorridas por una prosa afecta a la demora, el detalle minucioso o el discurso parentético (como se advertía ya en La vuelta a casa o Los últimos días de Michi Panero), el lector predispuesto a la hermenéutica sociológica hubiera encontrado no pocos argumentos para caracterizarla como el retrato amargo de una generación (la de narrador y personajes, pero también la del propio escritor) carente de mitologías, teologías y teleologías: “éramos una generación perdida porque los que habían venido antes se ocuparon a conciencia de difuminarnos todos los caminos” (p. 27).
Pero lo cierto es que Barrero añade al cuerpo central un epílogo que relega esta lectura Smells like teen spirit  –la muerte del (anti)héroe de los noventa por excelencia, Kurt Cobain, es una referencia más de la novela– a un segundo plano o, al menos, contrapesa su empaque con un quiebro auto/metafictivo nada desdeñable. Este último desplazamiento en las placas tectónicas del relato enfatiza, en primer lugar, lo que cualquier lector de ficciones sabe pero, al tiempo, acepta ignorar, esto es: que todo lo leído hasta el momento no ha sido sino una gran maniobra de camuflaje, un perverso juego de espejos deformantes a cuyo término lo real importa mucho menos que lo figurado. Y, en segundo lugar, esa escena de zombis involuntarios ofrece tal vez el corolario de La existencia de Dios, cuando, a la perpleja pregunta que un redivivo Pablo le formula (“¿por qué se te ha ocurrido hablar de mí?”), el narrador Miguel Barrero responde, sin pensarlo, “porque hablar de ti […] fue la mejor manera que se me ocurrió de hablar de mí” (p. 93).
Por cierto que, entre otras, Barrero encabeza la novela con la siguiente cita de Salinger: “la vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego”, pero a su término La existencia de Dios parece más dispuesta a recordarnos que algo así sucede con el juego de la ficción; con la salvedad de que, en este, a cada nueva partida se pueden reinventar las reglas y, por supuesto, urdir considerables trampas, siempre que salgamos -como es el caso- ganando con ello. 

El Cuaderno de La voz de Asturias, nº  26 (15 de  abril de 2012)  




02/04/2012

El atleta


El atleta que salta la última valla antes de la línea de meta sin siquiera rozarla pero que, en ese preciso momento de estar saltándola y aun a sabiendas de que ni siquiera la ha rozado, imagina que, indefectiblemente, tropezará en ella y entonces todo se irá al traste porque así debe ser y porque para eso, en realidad -y nunca para otra cosa- ha estado preparándose toda su vida; el atleta que, una vez superada esa última valla sin siquiera haberla rozado, cree oír un chasquido a sus espaldas  y, al mirar por encima del hombro, ve la la valla tumbada en el suelo; el atleta que  sonríe y pierde una carrera para la que nunca, en realidad, se había preparado; el atleta que descansa.